A las ocho en punto de una mañana que amaneció- por fin- sin lluvia ni viento, nos reunimos en el punto de encuentro con los depósitos llenos, preparados los apetitosos bocatas para el almuerzo, los WP y GPS, y demás accesorios imprescindibles en una rutilla de fin de semana, e iniciamos la marcha.
Cruzar Gandia nos permitió disfrutar del agradable aspecto de sus paseos de palmeras y contornear el palacio de los Borja, edificio emblemático de la ciudad. Que no se diga que los cuatreros somos incapaces de apreciar el arte, la historia o la belleza en todas sus facetas.
A la salida tomamos el desvío a Beniarjó donde nos espera Safarito, puntual y con su habitual buen humor. Nos dirigimos a Villalonga y allí tomamos una vía verde que transcurre paralela al Río Serpis que nos llevará hasta Lorcha. Esta vía transcurre por el trazado del ferrocarril construido por los ingleses en el siglo XIX para transportar el textil desde Alcoy hasta Gandía, buscando un puerto próximo donde embarcar la mercancía.
Transcurre la vía por el mencionado trazado, adentrándose en un desfiladero conocido como "Estrecho del infierno", y sigue su curso a través de túneles excavados en la montaña para salvar lo abrupto del recorrido. Existieron en su día 8 túneles, además de varios puentes de los que todavía encontramos vestigios, así como una antigua estación eléctrica. Este tren fue bautizado popularmente como "el Xitxarra", nombre por el que todavía hoy se le conoce y da nombre a la actual vía verde.

Comenzamos a seguir los WP suministrados por Mariscal y a poco encontramos varios grupos de ciclistas, dispuestos a sudar la camiseta, con los que compartimos algunos tramos de las estrechas sendas que nos conducían a los primeros túneles del recorrido del antiguo ferrocarril de los ingleses. Disfrutamos de un paisaje espectacular y cambiante, pasando de áridos roquedales y abruptos picos al verdor de las márgenes del río Serpis.
Safarito asumió la responsabilidad de ordenar el tráfico, y exigir la separación debida entre vehículos para adentrarse por los túneles, alguno de extremada longitud, oscuros como boca de lobo y con abundantes filtraciones de agua. A la entrada de uno de ellos encontramos un equipo de fotógrafos, y bellas fotógrafas, del National Geographic que aseguraron estar allí para efectuar un amplio reportaje de nuestra ruta que será televisado, más adelante, por las principales cadenas mundiales. Lagarto exigió un peine, y alguno quería hasta maquillarse para salir guapo en el reportaje.
Llegados a las proximidades de Lorcha, Safarito planteó seguir por la misma senda que traíamos, o afrontar una trialera de bajada, con muy mala pinta, demasiado desnivel y una peligrosa inclinación lateral que desaconsejaban la aventura. En el acto hubo unanimidad: había que tomar la trialera, por supuesto. Los del Nacional Geographic aplaudían, querían sangre para su reportaje.

Para dar ejemplo de sensatez, Safarito se lanzó el primero con su vehículo hacia el abismo. Desde abajo, los fotógrafos- propios e invitados- trataron de inmortalizar la hazaña. Cuando asomó el tren delantero en el vacío, el Tata se inclinó lentamente hacia delante y a su izquierda. Durante unos angustiosos segundos se mantuvo sobre su eje trasero, luego el morro apuntó hacia la sima y comenzó a descender mientras, con destreza, el conductor modificaba la trayectoria, contrarrestando la inclinación lateral y el riesgo de vuelco. Cuando llegó abajo un aplauso cerrado de todos los presentes premiaron su arrojo, y el ejemplo dado a los menos expertos para que le siguiésemos sin miedo.
De inmediato, con la irreflexiva imprudencia que le caracteriza Scila, se lanzó hacia el barranco gritando: ¡Si Safarito puede yo también! Menos mal que el Toyota más sensato y conocedor del riesgo se sujetó con sus cuatro flamantes neumáticos (MickyTompson) al terreno, comenzando la angustiosa bajada, frenando la brutal inercia, a base de caballos bien alimentados con gas-oil de importación y esas reductoras que hacen milagros. También salió ileso de la prueba, pero por aquello de la "suerte del novato" más que por una pericia que ya veremos si algún día adquiere.
Cabe resaltar el impecable descenso, a tumba abierta, de LagartoXixo (Toyotón recién tuneado) que bajó sin despeinarse y haciendo caras a las cámaras para salir guapo. Había que verle con una mano en el volante y en la otra el peine, haciéndose la raya. Experto cuatrero, ya digo.
Lamentablemente la técnica de los fotógrafos y fotógrafas presentes es manifiestamente mejorable, no han sabido recoger lo sobrecogedor del desnivel, ni el riesgo cierto corrido por los vehículos y sus tripulaciones. Pero creedme si podéis, allí había más del veinticinco por ciento de caída libre hacia un abismo que, desde arriba, parecía no tener fin.
Finalizada la difícil prueba, mientras recuperábamos el resuello y la adrenalina volvía a sus niveles de crucero, Safarito apuntó la conveniencia de refrescar a nuestros corceles y, allá fuimos en columna de a uno, cruzando el pueblo de Lorcha, a buscar con aviesas intenciones las aguas torrenciales del río más bravo de los alrededores. Hubo quien por la emisora avisó:
-Pero, entrar al río está prohibido por la autoridad- y por la misma emisora respondieron todos los demás al unísono:
-Sí, sí, está prohibido, quédate fuera tú a vigilar- por supuesto que no me quedé, fui a mojar, como todos.
El Tata insumergible dio muy mal ejemplo lanzándose el primero a la corriente y recibiendo las olas sobre el capó y el parabrisas, tal era la profundidad del río. Se nos encogió el ombligo temiendo lo peor: que el vehículo fuese arrastrado hacia el centro del río y se sumergiese pero, hábilmente, Safarito mostró cómo hay que maniobrar para burlar la fuerza bruta del agua y, a contra corriente, subió por el cauce hasta un punto donde pudo girar y tornar hacia la ribera en la que esperábamos todos impacientes por mojar. El snorkel de diseño resistió como el periscopio de un submarino atómico, ni gota agua entró en mal sitio.
Uno tras otro entraron el resto de vehículos, cada uno haciendo de su capa un sayo, haciendo olas y jugueteando en el agua como peces en el mismo sitio. De improviso, Clara, la copilota de Scila, se puso al volante y lanzó- sin autorización ni certificado de aptitud-, el Toyota al caudaloso río. Un ¡¡¡oh!!! de susto se nos escapó a todos, a la vista de tamaña imprudencia.
Pudo ser una tragedia pero, en vez de arrepentirse y pedir disculpas, salió del río diciendo:
-"Pues no era para tanto".
¡Mujeres copilotas, qué peligro!
Desde lo alto de una loma los restos del castillo templario de Perputxent nos vigilaban. Esta fortificación musulmana construida en el siglo X, fue residencia para la nobleza cristiana hacia el siglo XIII. La zona era conocida como el valle de Perputxent. El castillo pasó por diversos propietarios feudales hasta el año 1.316 que lo adquiere la Orden del Temple, pasando posteriormente a manos de la Orden de Montesa.
Miguel sugiere buscar una trialera por la que podríamos, o no, coronar la Sierra Mariola en dirección a Biar. No hace falta someterlo a votación, salimos disparados e iniciamos la subida esquivando campos de olivos y almendros en flor. Pronto encontramos una máquina apisonadora y unos caballones- cada dos metros- en los que nos dejábamos los bajos de nuestros corceles. Estaban hechos a conciencia para impedir el paso. Están construyendo una senda para asfaltarla: se han cargado la trialera. Continuamos un par de kilómetros y decidimos dar la vuelta, estábamos arriesgando los bajos y los amortiguadores para nada.

Aprovechamos para almorzar una zona que ofrecía un magnífico paisaje. Pronto aparecieron los suculentos bocatas: anchos, largos y altos. Varios pisos de cosas ricas dentro de un crujiente pan de pueblo recién horneado. Las cervezas fresquitas y sin nevera. Y seguidamente el café de Clara que, como quemaba, hubimos de enfriarlo con unas gotitas de aguardiente de cerezas en flor. La próxima vez que alguien eche azúcar que como no gastamos… el café sale algo amargo para los muy golosos, claro.
Safarito nos dio a todos mucha envidia sacándose de la chistera unos yogures griegos que debían saber a gloria, visto con qué satisfacción se los comía.
Finalizado el modesto ágape, continuamos la ruta, buscando los tramos de vía férrea que todavía existen. Pasamos por Beniarrés, Gaianes, Muro de Alcoy y Alfafara. Algunos tramos por carretera, o pista hormigonada, y después por veredas con barro arcilloso, que nos decoró los vehículos de aquella manera.
Llegamos a Bocairent a la hora de comer (qué casualidad). Encontramos a un par de kilómetros de la ciudad- el Mesón del Borrego, donde saboreamos las albóndigas del fraile, el pulpo a la gallega, los ibéricos curados, los quesos sobre tabla y algunas menudencias por el estilo, empujado con aquella cerveza fresquita y espumosa que nos servían con frecuencia.
Siendo comedidos decidimos no pedir primero, pasamos directamente al segundo plato y donde se nos fue la mano, como siempre, fue en los postres. Buena comida y un buen rato de cháchara de sobremesa.
Retomamos los WP pero sólo encontramos pistas asfaltadas y decidimos hacer periodismo de investigación. Tomamos una trocha paralela a los sembrados en dirección al cortafuegos que divisábamos en la falda de la sierra Mariola. Dejamos atrás la carretera de Banyeres y Beneixama y nos adentramos en la montaña. Iniciamos la subida por caminos que, invariablemente, terminaban en el acceso cortado a una finca o frente a un muro de troncos de pino impenetrable. Aquí las ayudantas se portaron, hicieron de exploradoras a pie para buscar paso entre los troncos, cuando lo había.

Probamos cuatro o cinco sendas diferentes sin resultado, cuando pensábamos retomar el asfalto vimos un camino oculto por las ramas en su nacimiento y, por allí, nos metimos. Y descubrimos el paso. Se trataba de una trialera descarnada, sobre piedra suelta y grandes pedruscos hábilmente situados para no poder esquivarlos y, serpenteando, una grieta de treinta centímetros de profundidad por otros tantos de ancho que no podíamos evitar, una u otra rueda entraba en ella cada dos metros. Un durísimo ejercicio de circuito de trial. Justo lo que íbamos buscando.
La subida cortaba la respiración, tuvimos graves dificultades en uno de los tramos, pero pasamos todos y continuamos la ascensión hasta coronar la Sierra.

Llegados a la cima descendimos en dirección a Biar, donde llegamos sobre las 19:00 horas. Safarito volvió sólo y el resto continuamos viaje de regreso a Valencia, cansados pero satisfechos de un día que empezó bien y terminó mejor. Como se suele decir, y doy fe de que es cierto, si la excursión fue un acierto la compañía resultó impagable, ¡qué buena gente fuimos todos!
Scila y Clara.